Así transforma tu día hacer yoga con Jaume Royo

Llevas el día cargado en los hombros. Ya ni te acuerdas de cuántas horas te has pasado sentado. O yendo de reunión en reunión y de silla en silla. Así que llegas a la clase de yoga en la oficina con Jaume Royo con la cabeza como un bombo y la espalda hecha un nudo marinero esperando que algún milagro te haga conciliar el sueño esta noche.

Jaume no parece haber tenido el mismo día que tú, porque llega fresco como una lechuga y sonriente como si a él la vida no le pesara. ‘¿Qué tal esa espalda?’, te pregunta, porque sabe de qué pie cojeas. En realidad se conoce todos los nombres de la clase y sigue nuestra evolución con todo detalle: ‘Veo mucha mejora, Alfred’, le dirá al final de la clase al compañero informático que más habrá padecido con las posturas.

Preparamos cuerpo, mente y emociones

Pero todavía estamos al principio y tenemos que calentar. Desentumecer esos cuellos que se han quedado rígidos delante del ordenador, esos hombros marcados por la distancia del teclado y esas mentes que tienen que empezar a bajar el ritmo. Lo que intenta Jaume al principio de la clase es traernos a todos al presente, de donde quiera que estemos, y hacer que nos empecemos a concentrar en el cuerpo.

Aquí no hay jefes, ni empleados, ni recursos humanos, ni contabilidad. Aquí todos somos un conjunto de células con sus más y sus menos. Siempre hay una rodilla que se resiente, un codo que tira más que el otro o esas benditas cervicales que no perdonan a nadie. Se genera un ambiente de fraternidad entre los que hace un rato estábamos sentados en reuniones, contestando mails y haciendo informes.

Todo eso ahora hay que soltarlo: cuerpo, mente y emociones, porque empiezan las ‘asanas’, que es como se llama a las posturas del Yoga que buscan equilibrar el cuerpo para que todo lo demás fluya. Primero unos cuantos ‘saludos al sol’, una serie de posturas ágiles encadenadas que movilizan todo el sistema y ahora vamos a tonificar.

Las agujetas del Yoga

Hay diferentes tipos de Yoga y Jaume adapta siempre su clase a los participantes que tiene en ella. “Hay veces que traigo preparada una clase muy activa, pero me los encuentro de capa caída, así que la cambio en el momento para que le puedan sacar todo el beneficio”, nos comenta el profesor al que se le notan los más de cinco años de experiencia. Pero la de hoy no es una clase light. Trabajamos los brazos con flexiones, la zona abdominal, las piernas… El que salga de su primera clase de Yoga sin agujetas, que se lo haga mirar, porque seguro es de otro planeta.

 

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El equilibrio también es una parte importante de la clase. A estas alturas, por la cabeza ya pasan muchas menos cosas. Toda la atención está centrada en mantener ese pie en alto y no hay tiempo para los ‘mira lo que me ha dicho en la reunión de esta mañana’. Eso parece que pasó hace mucho tiempo. Así que cuando llegan las torsiones, te encuentras completamente en tu cuerpo.

Profundizando en uno mismo

Ahora puedes sentir músculos que no sabías que tenías. Se ha apagado el piloto automático que te hacía funcionar y conectas con esas partes del cuerpo castigadas por la rutina y por el estrés. Las emociones también están presentes. Después de unas cuantas posturas parece como si se te quitara un peso del pecho. Además Jaume siempre insiste que “no te tienes que adaptar a la clase de yoga, la clase de yoga se tiene que adaptar a mi”. Cada uno llegamos en un estado, a cada clase llegamos de una manera y él nos ayuda a transformar cuerpo y mente.

Porque para cuando llegan las posturas de inversión, ya no somos los mismos que llegamos hace una hora. Hemos ido silenciando el ruido y ahora podemos caer profundamente en nuestro interior mientras nos aguantamos en la posición conocida como ‘la vela’. Cada uno a su ritmo y a su manera, viendo cómo el cuerpo evoluciona de semana en semana.

 

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Y con esto termina la clase de Jaume. Efectivamente ha sido el pequeño milagro que necesitábamos para conciliar el sueño. Todavía quedan unas horas del día, pero desaparecieron las preocupaciones y ese estado de agitación. Cuando acabamos las clases de Yoga en el trabajo es como si estuviéramos todos en una nube. No hay las típicas rencillas y nos vamos a casa con una energía estupenda.

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